lunes, 15 de agosto de 2016

Jueves 11 de agosto: De los destrozos en un casamiento a los horrores en “La Escuelita de los niños cantores”


  • por Ana Melnik, Exequiel Arias y Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
Roberto Giambastiani y Sara Carrizo de Giambastiani
PH Julio Pantoja - Agencia INFOTO



Roberto Eduardo Giambastiani tenía 26 años cuando fue víctima de secuestro y torturas por parte del Estado Argentino. En ese momento era músico, compositor y estudiante de arquitectura. Hoy, con 67 años, regresó de Lyon (Francia) –donde reside desde noviembre de 1975– para prestar declaración y exigir justicia. El hombre, alto y de una larga barba gris que roza la zona de su abdomen, contó al Tribunal con gran precisión lo que vivió en marzo de 1975.

El relato de “Yamba”, como lo conocen sus amigos hasta hoy, es el primero de una serie de testimonios que dan cuenta de uno de los episodios más horrorosos de la época, y que transformó un casamiento en un baño de sangre. La noche del 22 de marzo de 1975, una patota integrada por hombres de civil y de uniforme, ingresó a la fiesta, en la casa de una familia, en San Pablo, destrozaron lo que encontraron a su paso y secuestraron a más de una docena de personas.

“Estábamos en San Pablo celebrando la unión de dos personas que se amaban”, relató Giambastiani. Aproximadamente a las 23, se presentó en el festejo un grupo de personas armadas. En medio de gritos y amenazas, voltearon mesas y sillas, comieron y bebieron lo que había para la fiesta y, entre gritos e insultos, hicieron salir a todos a la calle: los hicieron formar en filas de hombres y mujeres, frente a los faros encendidos de uno de los vehículos en lo que se trasladaban. “En la banquina había una persona que portaba el casco del ejército y que se encontraba seriamente golpeada y en mal estado”, relató; añadiendo que esa persona era la encargada de señalar a los que estaban en la fila y que luego eran secuestrados. Giambastiani fue uno de los señalados, por lo que fue arrojado a la caja de una camioneta, boca abajo, y cayó sobre otros detenidos. Una vez cumplido el operativo, a los aproximadamente 10 minutos, la camioneta arrancó. Los cuerpos de los secuestrados servían a los soldados para reposar sus pies.

Luego de haber viajado por un tiempo relativamente corto, los hicieron descender en un lugar muy boscoso y rodeado de eucaliptos. La lluvia que había venido amenazando los festejos unas horas atrás, caía ahora sobre ellos en torrente. Ya en el suelo y hundidos en el barro, los obligaron a participar de un juego macabro para la diversión de sus captores: con los ojos vendados, los hacían correr en distintos sentidos, para que se choquen, resbalen en el barro y caigan de bruces.  La humillación no se detuvo allí. A los pocos minutos, los ingresaron a un cuarto -tiempo después supo que era el casco del antiguo Ingenio Lules- donde les dieron a tomar mate cocido hirviendo. La quemadura de los dedos, manos y lenguas de las víctimas hizo estallar en carcajadas al cuerpo de fuerzas que los tenían cautivos. El terror infringido iba in crescendo.

Roberto fue separado del grupo y llevado a una habitación donde lo sometieron a golpizas, entre las burlas de sus secuestradores. Recuerda que en determinado momento de los golpes,  trajeron a otro detenido que lo acusó de ser doctor y de haber llevado medicamentos “a los guerrilleros del monte”.

“Si estuvimos cara a cara, decime, ¿de qué color son mis ojos?”, respondió Giambastiani. Esa persona respondió “marrones”.  Silencio. Roberto sintió que lo apartaron y le retiraron un poco la venda. Luego de que sus captores comprobaran que sus ojos eran celestes, escuchó la paliza que recibió el hombre que lo había acusado.

Pasaron las horas y una leve llovizna acompañó el amanecer. Roberto recuerda que los arrojaron en otro vehículo “como bolsas de papa”, y que aterrizó sobre Orlando Suárez. Empezó el traslado: fueron llevados a otra locación, donde los hicieron bajar y parar frente a un paredón con las piernas abiertas. Dando continuidad al repertorio de humillaciones, uno de los soldados empezó a “jugar” con su arma sobre el trasero de Giambastiani. Indignado, éste profirió un insulto, lo que le valió un culatazo en la nuca y la inmediata pérdida de conocimiento.

Fue sometido a tremendas sesiones de tortura. A los golpes se sumaron las descargas eléctricas en axilas y genitales. Una vez, la descarga fue tan fuerte que sintió levitar sobre el suelo y caer de espaldas. Otra, contrajo sus mandíbulas con tanta presión por el dolor que se le partió una muela. Las preguntas no respondían a un orden lógico y eran fruto de un juego arbitrario de sus secuestradores. El juego consistía en que uno de ellos preguntara algo de un lado, para llamar la atención del vendado hacia ese lugar y, al responder, recibía una lluvia de golpes del otro.

La violencia podía adquirir múltiples formas, también podía ser sutil o psicológicamente desmoralizante. “Me decían que mi esposa estaba en mi casa, con arresto domiciliario, rodeada de militares y policías, y que quién sabe lo que le podían hacer”. A veces uno de sus interrogadores sólo aplicaba una ligera presión con la bota sobre la cabeza, otras le realizaba pequeños cortes con un objeto muy afilado y otras le arrancaba su larga barba con una pinza. En una oportunidad, lo “premiaron” con una salida al patio, donde lo sentaron bajo el sol y con los pies en el pasto, privilegio al que nadie accedía. “Sentía el sol en la nuca, y cuando empezaba a sentirme reconfortado, escuché que gatillaban una pistola al lado de mi oreja. Caí al suelo, en medio de sus carcajadas”, recordó. Las detonaciones de armas no eran un chiste: Roberto escuchó disparos, ejecuciones y cuerpos inertes que se desplomaban sobre el piso.

Supo dónde estaba detenido porque, una mañana, escuchó un vehículo que pasaba cerca de su lugar de cautiverio, con altoparlantes que invitaban a la población de Famaillá al Tedeum que iba a celebrarse por Semana Santa. En otra ocasión, uno de sus captores le dijo: “¿Sabes dónde estás? En la escuelita de los niños cantores: aquí el que no canta, muere”.

Roberto fue liberado un 14 de abril de 1975. Ese día, lo subieron en un carro de asalto junto con otras personas. Fueron liberados, uno a uno, en distintas localidades. Meses después se exilió en Francia, donde pidió el asilo político para él y su esposa, el cual recién obtuvo en 1976, cuando el golpe de Estado ya era un hecho. Ahora regresó para declarar y contar su historia a partir de fragmentos que pudo reconstruir a pesar de las vendas en sus ojos y del aturdimiento producido por los golpes y las torturas.

Su relato, como el de Santiago y Ramón Maza, exponen los juegos perversos que ejercieron el Estado y las fuerzas armadas contra la población civil en su totalidad sin discriminar por edad, clase social o afiliación política. Este no es un dato menor a la hora de analizar el estado actual del juicio por el Operativo Independencia, en el cual asoma peligrosamente la “necesidad” de cuestionar el pasado de los testigos como si éste hubiese causado necesariamente sus detenciones y capturas. Por un lado, es sabido que no se trata ésta de una instancia para indagar en la afiliación política de las víctimas con anterioridad al período que es objeto de juzgamiento. Por otro, estos testimonios permiten entender cómo incluso un trabajador rural con su mujer y un estudiante de arquitectura, que jamás militaron en ninguna agrupación política, fueron perseguidos y torturados con completa arbitrariedad y sin recibir ningún tipo de explicación. A más de 41 años de esos sucesos, estas víctimas no vinieron a sentarse ante un Tribunal en un juicio de crímenes de lesa humanidad para exponer su pasado ante los abogados defensores, sino a denunciar la violencia ejercida por todo un sistema represivo estatal y a reclamar memoria, verdad y justicia.

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Sara Delicia Carrizo, esposa de Giambastiani y estudiante de Arquitectura, como él, había nacido en San Pablo. Era su hermano, Humberto, quien se casaba el día en que el Ejército se llevó a su marido y a un montón de invitados de la misma fiesta.

“En un momento de la noche irrumpió un grupo de personas armadas, vestidas de civil, nos separaron entre hombres y mujeres y comenzaron a identificarnos. Había un hombre con casco, detrás de una camioneta, parecía muy golpeado. Él decía ‘si’ o ‘no’ cada vez que le ponían a alguien al frente. Nos subieron a los empujones y nos dijeron que no nos viéramos las caras, pero yo miré hacía abajo y conté cinco pares de piernas, incluyendo las mías”, contó Sara. Nunca pudo identificar al hombre que los clasificaba, porque la luz de la camioneta les alumbraba la cara.

Supo que el mismo día de la irrupción en el casamiento también había sido secuestrado Orlando Suárez, que trabajaba el Ingenio San Pablo, así como también los hermanos Aranda, un hombre de apellido Díaz y un fotógrafo de la fiesta.

En la comisaría de San Pablo la interrogaron. Cuando dijo que era estudiante, los interrogadores, vestidos de civil, consideraron que “seguramente era extremista” y que tenían que ir hasta su casa a revisar.

“Ya en mi casa uno de ellos quiso ponerme las manos encima y yo me enojé, les dije que esa no era forma de comportarse,  después llegó mi padre. Al principio no lo dejaron entrar a la casa, pero él entró igual. Me llevaron a los empujones a mi pieza, cuando vieron la colección de revistas Crisis y los libros me empezaron a insultar y a romper todo. Me decían ‘ustedes son unos zurdos de mierda, vas a terminar como tu marido'. Uno de ellos era joven, bajito, parecía un estudiante. El otro era más alto, corpulento y tenía una gorra blanca. Tendría unos cuarenta años. Era más tranquilo que el otro, el bajito era más violento. Eran rosarinos o porteños”, recordó.

Sara contó que, además de manosearla, la patota causó destrozos adentro de la casa y se llevó cosas de valor y dinero.

Cuando se fueron, le dejaron claro que no podía salir de su casa. “Te vamos a estar vigilando”, le dijeron. Todo el tiempo que duró el secuestro de su marido hubo un auto apostado en la vereda del frente: “vivía muerta de miedo, no sólo por mí, o por lo que pudiera estar pasando mi esposo, sino que pensaba en el peligro al que se exponía alguien que fuese a tocar el timbre a mi casa”.

Tuvo que esperar meses a que su marido fuera liberado. Cuando Giambastiani salió del cautiverio, la pareja se exilió en Francia. Se les otorgó el asilo político después del golpe de marzo del 76, y gracias a las gestiones de, entre otros, el escritor Julio Cortázar.

“El exilio es una cosa desgarradora. Nosotros lo vivimos como un castigo, tuvimos que empezar de cero, en medio de la soledad y el destierro. Nuestra primera hija no podía tener nacionalidad francesa porque nosotros éramos argentinos en el exilio, no franceses. Hasta los cinco años, su estatus legal fue el de ‘apátrida”, relata.

Hacia la zona donde se sientan los imputados no quiso ni mirar. “Tenemos un deber de memoria y justicia. La reconciliación me parece muy difícil sin justicia”. Estas fueron sus últimas palabras antes de retirarse, entre los aplausos de la sala.

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José Antonio Díaz es otra de las víctimas del secuestro masivo del 22 de marzo de 1975. Por esa época, era obrero metalúrgico y trabajaba en el Ingenio San Pablo. La noche de la fiesta, lo subieron a una camioneta en la que estaban Orlando Suárez y Oscar “Pitín” Díaz. Vendados, fueron primero al destacamento del ex ingenio Lules y luego a “la Escuelita”. “A los hermanos Aranda los llevaron de su casa, que quedaba frente al lugar de la fiesta”, contó.

Díaz considera que, en la Escuelita no lo torturaron, pese a que lo tuvieron atado, vendado, comiendo del piso, sin orden de detención y que “solamente” le pegaban. Es claro que el horror que veía a la vuelta era mucho peor que el que percibía sobre sí mismo.

“Ventiún días estuve adentro. Con Suárez y Díaz, estábamos en la misma pieza. De los hermanos Aranda supe porque a uno de ellos lo pusieron a mi lado y me contó que su hermano también estaba detenido”, recordó.

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La hermana de la novia, Lilia Graciela Lazarte, fue una de las asistentes a la fiesta que pasó la noche en un destacamento militar cercano. “A un grupo de mujeres nos llevaron al fondo de la casa, mientras que unos hombres, subidos a la tapia, nos iban señalando”, contó.

De esta escena fueron testigos dos sacerdotes presentes en el casamiento –uno de ellos era de la familia-, Manuel Suárez y Julio Rodríguez, quienes fueron llevados con las mujeres a la base militar, hasta que fueron liberadas esa misma noche. Lazarte recordó la aparición de los cuerpos de los hermanos Aranda, en una escena montada como si hubieran muerto en un enfrentamiento (toda la familia había visto cómo los secuestraban del casamiento, en marzo del 75) y del velorio que la familia realizó en su casa, en el cual estuvieron todos los vecinos.

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Sobre el asesinato de los Aranda abundó Juan Enrique Díaz. “Los mataron ahí (en el CCD la Escuelita de Famaillá) no en un enfrentamiento, como decía el diario La Gaceta. Eso es imposible”.

Él era uno de los que estaba en la casa de los Lazarte, en San Pablo, la noche del casamiento funesto. Había ido a ayudar a montar un techo de lona en el patio, porque esa noche amenazaba con lluvia, y lo invitaron a quedarse.

Fue secuestrado junto al grupo de hombres y llevado, primero, al destacamento militar del Ingenio Lules, luego a “La Escuelita”, donde lo sometieron a torturas. “Me culpaban de haber participado en el asesinato del capitán Humberto Viola y de formar parte del ERP. Yo trabajaba en un taller mecánico, no tenía nada que ver con ningún asesinato”, insiste.

El 5 de mayo fue liberado, pero su vida como ex detenido fue un calvario. Tuvo que hacer el servicio militar obligatorio, durante el cual fue maltratado y vigilado por tener “antecedentes extremistas”. Por la misma razón, le costó encontrar trabajo luego de terminar el servicio, sus “antecedentes” hicieron de él un marginado.


“Los que bajaban del monte eran militares y policías, no la guerrilla”

Los relatos de Santiago Maza y Roberto Giambastiani tienen mucho en común, pero el punto más cercano entre ambos es la terrible sensación de amargura vivida en esos lugares donde fueron confinados a sufrir las arbitrariedades más crueles que un ser humano puede soportar. “Jugaban con nosotros”, refirió Maza sobre los tratos recibidos en los distintos CCD por los que pasó a lo largo de 18 días interminables.

Santiago Dionisio Maza es jubilado y, a los 71 años, pide “que le dejen vivir los años que le quedan, ya no merece ni acordarse de las injusticias vividas”. Sin embargo, recuerda cada momento: su relato es contundente.

Hacia el año 1975 vivía en la Colonia 6 del Ingenio La Fronterita, en Famaillá. Un año atrás, se había asentado allí una base militar, y sólo se podía transitar con un carnet expedido por que ese asentamiento. En ese entonces él era trabajador rural y trabaja para el Ingenio, y vivía con su esposa y su bebé de un año y medio. Después de su secuestro fue dejado cesante y pasó a ser empleado de la Citrícola San Miguel.

Corría el mes de marzo de 1975 cuando, a las nueve de la noche, se estacionó un Ford Falcon con tres militares dentro, frente a su casa. Sin mostrar ninguna orden judicial en mano, apagaron las luces del domicilio y vendaron los ojos a Santiago para luego meterlo en el baúl del automóvil. A su mujer, Elba Lescano, el testigo sospecha que la llevaron en el mismo auto pero adelante. De lo que sí está seguro es que su bebé quedó solo en la casa, al cuidado de los vecinos que lo encontraron horas después llorando en la oscuridad de la noche.

Supo que, entre los lugares a los que lo llevaron, fue a parar a la Escuelita de Famaillá. Allí estuvo en una habitación sucia donde no le daban de comer, y donde fue víctima de terribles golpizas e interrogatorios: qué actividades tenía, si conocía a guerrilleros, si estaba en la política… Relata que jamás escuchó a su esposa allí, pero que sí pudo identificar a Benjamín Reyes y a Enrique Amaya.

El día de su liberación, le destaparon un ojo para que pueda ver la declaración que debía firmar para poder irse. Nunca supo qué firmó.

Después lo cargaron en una camioneta y lo arrojaron cerca del Ingenio Fronterita, donde se encontró con su mujer, que fue liberada esa misma noche. Elba fue severamente maltratada y Santiago sostiene que murió de una úlcera producida por esos maltratos. “Ella estaba embarazada de nuestro segundo hijo, que murió el mismo día en que nació”, relató.

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Ramón Dionisio Maza es el primer hijo de la pareja y también prestó declaración. A partir de lo que le contaron sus padres, ratificó la historia de Santiago y amplió sobre lo que podría haber sido el testimonio de su difunta madre. Elba, años después, le contó del secuestro y de su detención en un centro clandestino. Le narró a Ramón, que era un bebé cuando los secuestradores se llevaron a su madre, que sentía los pechos húmedos por la leche que aún producía para amamantarle. Asimismo, le contó que suplicaba misericordia a un oficial de apellido Blanco, quien le confesó que también tenía hijos. También le dijo que la torturaron y golpearon. Unos 20 días después, la liberaron en un cañaveral, atada de manos y con muchos golpes.

“Éramos gente pobre, trabajadores del surco, y ellos jugaban con nosotros como si fuéramos ratas. Con la excusa de que venía la guerrilla del monte, se llevaban a la gente. Pero no era la guerrilla la que bajaba del cerro. Eran los militares y la policía. A la guerrilla nunca la ví”, contó.

En marzo de 1976, Elba dio a luz a su segundo hijo, un varón que sólo sobrevivió veinticuatro horas. Ambos, padre e hijo, denuncian que la violencia ejercida contra el cuerpo de Elba y sus consecuencias físicas y psicológicas provocaron el deceso del recién nacido; malos tratos que repercutieron en su salud y le causaron múltiples problemas que la llevaron a la muerte en 2005, con sólo 59 años de edad.-

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