miércoles, 17 de mayo de 2017

Reproducir justicia (en primera persona)

Por Hugo Hernán Díaz para El Diario del Jucio

Volví a casa y salude a mi hermana, era su cumpleaños de quince. Compartimos su torta preferida, la de chocolate. El tiempo pasó rápidamente y se hicieron las once, ella debía estudiar y yo preparar unas notas, por lo que cada uno se instaló en su cuarto.
Comencé revisando los textos del año pasado y los de este, todos ellos con historias importantes, algunas mejor representadas que otras. Me encontré con el testimonio de Juan Domingo Fernández, me basto leer el titular para reconectarme con su dolor: “¿…en el mar…en el cielo…donde está mi viejo?”. Hice un paralelismo rápidamente y me imagine como habrían sido los quince años de la hermana mayor de Juan sin su padre. Un padre que no murió, que no los abandonó, un padre que al día de la fecha sigue desaparecido.
Un viento ligero pasó por mi lado, egoístamente pensé, que afortunada mi hermana, pero…¿acaso son buenos tiempos los actuales?. Pasaron dos segundos por uno, no podía alejarme ya de la conexión con Juan Domingo y todos los Fernández. Que injusticia pensé para adentro, milicos “hijos de p…” susurré para afuera.
Continúe leyendo los escritos, me encontré con el de Rubén Vladimiro Milstein, un testimonio que no olvidaré en mucho tiempo. Rubén se pidió perdón a si mismo por no haber militado en el ERP, lloró por haber dejado solo a su hermano por ser gay e invitó al abogado defensor de represores, Leiva, a pasar del otro lado luego de que el doctor en leyes, en reiteradas oportunidades, le respondiera que coincidía con lo que el testigo manifestaba. 
Debo admitir que quebré emocionalmente, y no hablo de llantos, pero tuve que dejar de leer. Fui por un vaso de agua; en casa para llegar a la cocina debo pasar por la pieza de papá y mamá, los mire profundamente, estaban bien. Él dormía, ella terminaba una mandarina mientras veía televisión. Ya no pensé qué  afortunado, sino en que eso era lo justo. Es justo que mis viejos estén en el lugar que quieren y con quien quieren. Es justo que tengan una casa y una cama para dormir en las noches. Es justo que sean libres.
Antes de volver a la habitación recordé a todas las personas que testificaron y perdieron a sus padres, algunos incluso estaban en el vientre y ni llegaron a conocerlos, otros los siguen buscando, como Gervasio Antonio Núñez, el primer testigo que me tocó cubrir, y quien finalizó su testimonio diciendo: “no se si creo en la justicia, pero creo en la dignidad de los miles de compañeros que soñaron un mundo distinto y más justo”.
El agua pareció espesa pero pasó, retome la lectura. Me quedaban unas pocas notas y ya estaba un poco cansado. Una domiciliaria de marzo de este año fue la última que leí por esa noche. Recuerdo la casa de ese hombre perfectamente, un hombre que para el año 75 tenía apenas catorce años y vivía enfrente del popular centro clandestino de detención “La Escuelita de Famaillá”. Él había sido tomado como esclavo, era el único autorizado a entrar ahí y llevar las viandas, y claro, su familia obligada a “servir a la patria” cocinando para todo el ejército en forma gratuita.
Ya eran casi las dos de la mañana y pensé en lo poco que falta para la sentencia. En mi mente fui juez por unos instantes y no perdoné a ninguno de los imputados. Las pruebas son suficientes. No me reconcilié porque pensé en todos nuestros locos soñadores a los que les robaron la vida, en todos nuestros bebés a los que les quitaron la identidad, pensé en todas nuestras compañeras a las que violaron, en las picanas y los simulacros fusilamientos, en las quemaduras y las torturas, pensé en la boda que irrumpida en San Pablo y en la iglesia cómplice. Pensé en el pozo de Vargas, en Julio López, pensé en Nati, en el amor y la justicia, en la lucha y en los abrazos. Pensé en una sentencia justa, real y concreta. Pensé en que ese día se acerca y que la calle nos tiene que encontrar, una vez más, marchando y agitando banderas gigantes. Pensé en un estremecedor grito unificado de cientos de personas y casi que pude escucharlo…
PRESENTES, AHORA Y SIEMPRE!

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