lunes, 12 de junio de 2017

Fue Genocidio

Por Fabiana Cruz para El Diario del Juicio

El día 2 de Junio la sala del Tribunal estuvo conformada por un decoroso público: amigos y familiares de los imputados por los delitos cometidos durante el denominado Operativo Independencia. No es sorprendente, puesto que aquel día prestó declaración Silvia Ibarzábal, hija del coronel Jorge R. Ibarzábal, cuya muerte fue en el año 1974. Tampoco fue menos llamativa la presencia del concejal Ricardo Bussi (hijo del ex represor Domingo Bussi condenado por crímenes de lesa humanidad, ya fallecido) cuya presencia comienza a hacerse típica en circunstancias en las que sus amigos cobran voz durante el juicio oral.
Silvia Ibarzábal es vicepresidenta de la “Asociación Familiares y Amigos de Víctimas del Terrorismo en Argentina” nombre peculiar y para nada inocente, puesto que trata de un grupo de personas que relativizan las cifras de los desaparecidos y traen consigo la farsante idea de “guerra” en lo que refiere a la situación política de los años 70 en Argentina. Puede destacarse también el hecho de que en sus ejes principales no se encuentran ni meras intenciones de iniciar averiguaciones por los destinos de niños apropiados, los cuales admite la mismísima Silvia Ibarzábal, fueron despojados de sus identidades en el contexto mencionado: “se deben saber los destinos de esos niños” dijo al Tribunal, pero no es objetivo primordial ni último de su agrupación. Dicha organización según cuenta Silvia, comparte relaciones con familiares de desaparecidos. Un mes atrás en el programa “Intratables” que se transmite por América TV, dijo que hoy se vive mucho en el pasado y que entonces se hace necesario convalidar un solo discurso para las generaciones actuales, transmitir la noción de que hubo dos bandos en guerra. Esta idea que intenta disfrazar sus pretensiones de impunidad y que es generada por un sector social determinado, pudo compartirla también ante los jueces, argumentando que falta una parte de la historia que no fue contada.
La mujer prestó declaración en un tribunal que se vio rodeado de carteles en el exterior con banderas argentinas, con acusaciones a las Abuelas de Plaza de Mayo, además de una escalofriante frase “Nunca fueron 30.000, ni fueron inocentes”, sumado a otros carteles de la misma índole en el interior de la sala. De esta manera, brindó detalles de los más precisos en lo que refiere a la muerte de su padre. Según Silvia y sus allegados ideológicos, Jorge Roberto Ibarzábal fue asesinado un 19 de enero de 1974 por miembros del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y estos previamente lo habían mantenido secuestrado por alrededor de diez meses. Expuso detalles sorprendentes sobre todo lo que sabía durante la persecución policial en la que su padre perdió la vida, antes y después de la misma. Por último, brindó información periodística proveniente de la época.                       Cabe destacar que Silvia pudo enterrar a su padre, que recuperó el cuerpo y seguramente realizó el ritual de despedida. Mientras que hay un gran contraste con aquellos, “los del otro bando”, que una vez muertos fueron desaparecidos, como ser el caso de Sergio Dicovsky, acusado por Silvia de ser el autor material del asesinato. Dicovsky fue desaparecido en el año 1974, en el mismo día en que murió Ibarzábal. No hay detalles tan puntillosos acerca del destino del joven militante, pero lo cierto es que Sergio ya no está y que no hubo una causa en su contra al momento de su desaparición. No hubo un proceso judicial avalado, como no existió tampoco con las miles de víctimas del Operativo Independencia en Tucumán.
Podría hacerse memoria sobre el accionar militar y policial en Tucumán en aquella época, revalorando a los centenares de testimonios recogidos sobre personas que afirman que fueron secuestradas sin orden de arresto, a las que se allanaron sus hogares, se torturaron con picanas eléctricas, cortes en el cuerpo, patadas, escupitajos, golpes de puño hasta dejarlos inconscientes, baldazos de agua fría, hormigas en el cuerpo, amenazas de tirar sus cuerpos al vacío desde aviones, traslados en camiones como si fueran basura, más amenazas de muerte a familiares y amigos, balazos en piernas, abdomen, cara, sin atención médica, sin higiene y sin explicaciones de nada. Cuántos infinitos ejemplos monstruosos más de cosas que sucedieron en cautiverios clandestinos; mujeres que fueron violentadas sexualmente, niños separados de sus padres y otorgados a otras familias con la complicidad de la Iglesia, individuos a los que la locura después de haber sobrevivido al horror les provocó lentas y dolorosas muertes. Puede también hablarse de los exiliados, de los que no se animaron nunca a hablar, de los que vieron cosas y tuvieron miedo de decirlas, de los que fueron intimidados para callar, de los perseguidos inclusive en democracia, de los que todavía no saben dónde están los cuerpos de sus familiares, de los que sí saben y los encontraron en el Pozo de Vargas o en fosas comunes, de los asesinados y los desaparecidos. Así, con este par de cartas sobre la mesa, está el camino ancho y libre para decir con total seguridad que no hubo una guerra ni dos demonios, que no hay justicia si los responsables no cumplen condenas, que fue un plan sistemático de exterminio, que se violentó familias, universidades, sindicatos, agrupaciones, a militantes y no militantes, que los pueblos fueron arrasados, que el miedo fue instaurado en toda la sociedad y que aún se siguen sufriendo las consecuencias.
La teoría de los dos demonios quiere cobrar un mayor valor con estrategias discursivas aberrantes, se trata de un contexto político que lo permite, de medios masivos de comunicación que lo legitiman y reproducen, de una sociedad que ignora que para llegar a las cifras con las que se cuentan (30.000 compañeros desaparecidos) hubo años de investigación y de luchas, de conquistas sociales, de convertir todas estas causas en agenda obligatoria del Estado.
Pero vale también decir que en estos tiempos la unión resiste a la mentira, que las calles serán tomadas a cada provocación y a cada intento de olvido. Que aunque intenten distorsionar la verdad, envenenar la memoria, estará siempre un sector combatiente por los que no están, por los que se fueron, por los sobrevivientes, por sus familias y por toda una sociedad que dice al unísono: Nunca Más.

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