viernes, 24 de febrero de 2017

Un sólo andar en busca de justicia

Por Fabiana Cruz y Hugo Hernán Diaz para El Diario del Juicio
El día viernes 17 de febrero testificaron por videoconferencia desde la 1º Cámara Federal de Córdoba Mirta Amanda Juárez y Antonio Alberto Farfán, por la desaparición del hijo de ambos, Víctor Orlando Farfán durante febrero del año 1976, mientras era ejecutado el “Operativo Independencia” en la provincia de Tucumán.
Víctor Farfán llegó a Tucumán en el año 1976, apenas unos meses  antes había egresado de una escuela de San Salvador de Jujuy. “El gringo” jujeño, era el mayor de 8 hermanos y tenía 20 años de edad. Su sueño era ser doctor por lo que se inscribió en la carrera de medicina en la UNT. En relación al lugar donde residía, encontró alojamiento en la Casa de Estudiantes Jujeños situada en la calle Maipú.
Fue la calurosa noche del 20 febrero de 1976 cuando Víctor y sus compañeros de estudio salieron a distenderse, el lugar elegido fue un bar que se ubicaba en la intersección de la Avenida Mitre y Sarmiento.
Entre los que conformaban el grupo de la salida estaba Juan Ángel Baca, estudiante de abogacía y también jujeño. Aquél día, la mirada de Baca se quedó en su reloj de mano por un instante, la aguja de menor tamaño marcaba el nueve, y la de mayor dimensión, el seis. Al levantar la mirada alcanzó a ver a un grupo de policías que de forma prepotente ingresaron al lugar. Estos exigieron de inmediato documentos a los muchachos presentes. La cara de los jóvenes vaciló entre sorpresa y miedo. Más de uno revisó sus bolsillos en búsqueda del cartón solicitado, la cara de desilusión tras la búsqueda fallida no se hizo esperar. Aquellos que no tenían DNI quedaron detenidos a partir de ese entonces, el café estaba siendo muy amargo esa noche. Fueron todos trasladados a la Brigada de Investigaciones de la Provincia de Tucumán
La familia de Víctor se enteró de la detención a través del padre de Baca. De inmediato, Antonio Alberto Farfán estaba en camino a Tucumán. Fueron numerosos los destacamentos visitados para poder encontrar al joven con vida. Todas las respuestas eran negativas, no había solidaridad para con un padre que no sabía el paradero de su hijo.
Tras quince días de secuestro, Ángel Baca fue liberado junto a otros jóvenes y su voz no tardó en hacerse escuchar.  Denunció ante un escribano público los métodos que utilizaban los torturadores, el personal que llevó a cabo la operación y dio nombres de los otros compañeros detenidos, además de señalar el lugar donde se encontraba detenido Víctor Farfán: la Brigada de Investigaciones de la Provincia de Tucumán. Declaró que durante la detención, se encontraban todos con los ojos vendados, y que se comunicaban en voz baja cuando podían. Luego de la testificación de Baca, su padre consciente de los malos tiempos, decidió resguardarlo, por lo que juntos abandonaron la provincia. Salta fue el lugar elegido para el refugio del joven. No obstante, tras un par de días, Ángel Baca desapareció por segunda vez y hasta el día de hoy se desconoce qué pasó con él.
El doctor Ángel Pisarello, uno de los únicos abogados que defendía a presos políticos en aquella época, le había dicho a la familia Farfán que Víctor se encontraba efectivamente detenido en la Brigada y que el muchacho prestaría declaración, siendo éste su defensor. La esperanza de los Farfán duró poco. Como si a un golpe le llegara uno peor, horas antes de la declaración, el abogado fue secuestrado, teniendo una de las muertes más trágicas dentro de las memorias tucumanas.
La familia quedó totalmente desamparada, presentó varios recursos de Hábeas Corpus sin que estos tuvieran efectos positivos. Antonio, le escribió una carta al Ministerio de Seguridad solicitando información para poder ubicar a su hijo. Este organismo, le confirmó que  Víctor había estado preso, pero que se había ‘escapado’, por lo que se encontraba en calidad de prófugo.  Mirta, su madre, con impotencia y entre lágrimas repetía al Tribunal de Tucumán por videoconferencia “¿cómo se iba a escapar? ¡No había manera!”.
Los Farfán, a sabiendas de la situación peligrosa que los envolvía, se mudaron a la provincia de Córdoba para tener una vida más segura y menos dolorosa. Pero nunca más tuvieron noticias sobre Víctor Orlando Farfán, por lo que continúa desaparecido. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Reflexiones de un hombre pequeñito

Por Marcos Escobar para El Diario del Juicio
La historia de Maurice Jeger y su compañera Olga Cristina González merece un capítulo aparte en la reconstrucción de la memoria y de la verdad respecto al accionar represivo llevado a cabo por las fuerzas represivas durante el Operativo Independencia. Quizás todos las historias merecen un capítulo aparte. Cada rostro, cada nombre y cada foto apoyada contra un asiento en el Tribunal Oral Federal merece que nos detengamos.
Este relato en particular pone en primera plana el particular talento tucumano para encontrar (crear) coincidencias entre personas, relacionando gente y entremezclando vidas de maneras insólitas.
PH Elena Nicolay
Maurice llegó a la Argentina con 13 años, a fines de 1951. Su familia, de origen francés, escapaba de la miseria dejada en Europa, y de la tristeza de los familiares perdidos. La familia Jeger había sobrevivido a la Shoah, solo gracias a una serie de circunstancias afortunados. Por lo que decidieron emigrar a nuestro país, atraídxs por las hermanas de la madre, quienes ya se habían establecido algunos años antes.    
El primero de los hijos de Maurice, Pablo, relata con prodigiosa memoria los recuerdos que tenía de su padre, las averiguaciones que hizo después y una descomunal cantidad de datos reunidos después de años de investigación y militancia.
Su testimonio da cuenta la adolescencia de Maurice en Buenos Aires, y su posterior traslado a Tucumán, donde desarrolló varias profesiones. Estudio francés y ejerció como profesor, principalmente en la Alianza Francesa, donde también fue bibliotecario.
Su verdadera pasión y profesión fue la de ser librero, según su hijo. Tuvo durante algunos años una librería llamada “Best Seller”, junto a dos amigos. Luego tuvo otro local de venta de libros y discos en el edificio de La Gaceta. Diario para el cual cumplía la función de corrector de pruebas. Fue un amante de la literatura y de la música, reconocido en el ambiente de la cultura tucumana. Gran amigo de Eduardo Giambastiani, secuestrado un par de meses antes y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención (CCD) la Escuelita de Famaillá. “Giamba” se exilió en Francia y pudo declarar en este juicio, en una de las audiencias llevadas a cabo el año pasado.
Su compañera, Cristina, tenía 26 años, era estudiante de psicología y se turnaba junto con Maurice para atender el local en el edificio de La Gaceta. Vivían juntos en un departamento sobre la calle General Paz 1013, ella cursaba su cuarto mes de embarazo.
La pareja fue arrastrada fuera de su casa por la fuerza la madrugada del 8 de julio de 1975 y llevados en un Torino de color claro. Los detalles de su secuestro pudieron conocerse gracias a Jorge de la Cruz Agüero, un estudiante del Instituto Técnico quien casualmente vivía al frente y logró observar el suceso escondido entre unos arbustos, antes de ser encontrado y obligado a entrar en su casa, siendo previamente golpeado por los efectivos de la policía. Jorge desaparecería al año siguiente, dejando huérfana a su hija, Natalia Ariñez, histórica militante de la agrupación H.I.J.O.S Tucumán. También ella testificó el año pasado en este juicio por la causa de su padre.
El recorrido de Cristina y Maurice es incierto. Fue reconstruido en un principio por las averiguaciones que llevó a adelante la ex pareja de Maurice, Graciela Rosa del Valle González, madre de Pablo e Iván e histórica militante de Madres de Plaza de Mayo. Sara Raduski, gran amiga de Jeger, investigó por su cuenta y pudo confirmar que este seguía vivo hasta octubre de 1975.
Otro aporte importante es el de Horacio Méndez Carrera, abogado encargado por familiares de desaparecidxs con nacionalidad francesa, quien pudo aportar gran cantidad de información. En 1984 se presentó ante la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), agrupación en la cual Pablo milita actualmente. De esta manera pudo saberse que un fotógrafo del diario La Gaceta, de apellido Font, reconoció a la pareja y aseguró haberlos visto en el interior de la comisaría de Famaillá. Font se encontraba en la ciudad subido a un árbol, cubriendo los festejos de carnaval cuando pudo distinguirlos en el interior del edificio, que se encuentra frente a la plaza principal.
La desaparición de Maurice y Cristina causó gran conmoción en el ámbito de lxs trabajadorxs de prensa. Sus compañerxs de La Gaceta organizaron una comisión, la cual comenzó solicitando una reunión con el General Vilas, encargado del Operativo para aquella fecha. Roberto Juan García, periodista de ese diario, también dio su testimonio. Recuerda haber formado parte de la comisión, la cual publicó solicitadas, denunciando el el caso. Sumó su apoyo también la Asociación de Prensa de Tucumán (APT)  y el Círculo de Prensa. La presión finalmente logró que Vilas accediera a la reunión, pero durante la misma no mostró ninguna señal de reconocer el nombre del desaparecido. A propósito de esta lucha conjunta, se llamó a testificar al actual secretario general de la APT, Oscar Gigena, quien ratificó el reclamo en nombre del gremio. “La política del gremio es seguir la memoria viva de los compañeros desaparecidos. Nos interesa que se esclarezca esta desaparición. Hemos sufrido pinchaduras de teléfono, filtración de información, pero nuestro compromiso sigue firme”
Iván Jeger, el hijo menor, presentó ante el tribunal una carta escrita por su madre en el año 1984, dirigida al abogado Horacio Méndez Carrera, en la cual relata detalladamente los sucesos que vivió después del secuestro de Maurice.
En ella se cuenta principalmente la visita de un conscripto, quien no se identificó, a la casa su madre. El joven aseguraba conocer a Jeger de la Alianza Francesa y le confesó a Graciela haber visto a Maurice en la Escuelita de Famaillá, que se encontraba deshidratado y vomitaba sangre. El conscripto afirmaba haber visto allí a Vilas y a dos hombres más, uno de apellido Abba, posiblemente haciendo referencia a José Roberto Abba, actualmente imputado en la causa, acusado como partícipe y autor material de los delitos cometidos en perjuicio de 2 víctimas y del delito de asociación ilícita, y Capitán del Ejército para esa fecha, designado como Auxiliar en la sección jurídica. El otro hombre era oriundo de la provincia de Catamarca y su apellido era “Pino” o “del Pino”, según el soldado “éste ocupaba una posición de poder en el CCD, él decidía sobre la vida y la muerte de las víctimas, era un hombre particularmente cruel, quien usaba el nombre de guerra Miguelito”. Su nombre, su procedencia y su alias coinciden con la persona de José Enrique del Pino, actualmente imputado, y quien para 1975 tenía el rango de Teniente primero del Ejército, cumpliendo funciones en el Destacamento de Inteligencia 142 de Tucumán. Este destacamento tenía a su cargo las tareas de inteligencia del CCD La Escuelita de Famaillá. Es acusado como cómplice primario por 126 casos de privación ilegítima de la libertad con apremios y/o vejaciones, 124 casos de aplicación agravada de torturas, 6 casos de delitos sexuales y 40 casos de homicidios triplemente agravados. Todo ello en concurso real con la comisión como autor material del delito de asociación ilícita.
Iván Jeger, hijo menor de Maurice, fue el último testigo de la audiencia del jueves 16 de febrero. Se mostró orgullosos de su militancia, siendo parte de la agrupación H.I.J.OS casi desde su fundación. Agradeció a sus compañerxs y terminó recitando un poema que su padre escribió poco tiempo antes de desaparecer:

“Tengo miedo de la muerte y del sepulturero.
Quisiera quedarme sobre la tierra
y no bajo tierra.
Siento el humus.
Ya no puedo caminar.
Qué misterio todo eso.
Hay que terminar brillantemente”

Solo agregó una última palabra. “Justicia”.

martes, 21 de febrero de 2017

La importancia de la construcción y el compañerismo

Por Andrea Romero
Ph Elena Nicolay
El jueves 16 de febrero de 2017 en el Tribunal Oral Federal de Tucumán, la audiencia reanudó a las 15.30 hs luego del cuarto intermedio, en dicha oportunidad dieron testimonio Orlando René Nieva, Oscar Armando Gigena, Roberto Juan García y, en último lugar, Iván Alexis Jeger. Todos ellos, al igual que Pablo Jeger, fueron citados a declarar por la causa del trabajador de prensa, escritor y librero, Maurice Jeger su compañera Olga Cristina González.
El primero en entrar al recinto fue Orlando René Nieva, quien se desempeñó como periodista y formó parte de la Asociación de Prensa de Tucumán, gremio que llevó adelante la denuncia por la desaparición de Maurice Jeger y Eduardo Ramos en el año 2.001.
Luego del testimonio de Nieva, ingresó a la sala Oscar Armando Gigena, periodista y actual secretario general de la Asociación de Prensa de Tucumán. Gigena también fue uno de los integrantes del gremio que impulsó la denuncia por la desaparición de los “periodistas”. En el relato que expuso ante el tribunal explicó que tuvo conocimiento de forma indirecta de la desaparición de Jeger. Además contó que todos los 7 de junio el gremio conmemora a ambos desaparecidos y destacó que como sindicato les interesa que se esclarezcan las desapariciones por las que vienen pregonando ya que su la función del mismo es bregar por la información como un bien social.
Roberto Juan García de 83 años fue el tercero en declarar. Él es periodista y fue profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, actualmente jubilado. Roberto se relacionó con Maurice en La Gaceta y en la Facultad de Filosofía y Letras, donde además conoció a la compañera de Jeger, Olga Cristina González. En su relato ante el tribunal dijo que Jeger era un compañero genial y que tiempo después se enteró de su desaparición. Esto motivó  a que en la redacción de La Gaceta se formara una comisión para entrevistar a Vilas, jefe de las fuerzas conjuntas militares, para averiguar sobre lo sucedido con Maurice y exigirle garantías para los periodistas que trabajaban allí. Una vez planteada la inquietud a Vilas no obtuvieron respuestas, esta situación motivó a la comisión a sacar un editorial en donde criticaban y reclamaban ante la fuerza militar sobre la desaparición de Jeger, pero tampoco hubo respuesta alguna.
El último en dar testimonio fue Iván Alexis Jeger, hijo menor de Maurice, quien tenía un año y medio al momento de la desaparición de su padre. Iván le explicó al tribunal que su testimonio es producto de la construcción que hizo durante años junto a amigos y familiares de Maurice y Olga, quien fuera la pareja de su papá al momento del secuestro.
La construcción a la que hizo referencia en varios momentos de su testimonio y en la que puso especial énfasis, fue gracias a la militancia que tuvo en la agrupación HIJOS - Tucumán y a los compañeros que formaban parte de la agrupación, aclaró. Entre esos compañeros recordó a Natalia Ariñez y Marianella Triunfetti, quienes fallecieron en un accidente automovilístico cuando volvían de una jornada en la Escuelita de Famaillá, lugar en el que fueron vistos Maurice y su compañera Cristina.

Al finalizar el testimonio pidió “cárcel común, perpetua y efectiva” para los genocidas, así como dice el cántico que acompaña cada marcha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.  Como cierre leyó un poema que escribió su papá, “Reflexiones de un Hombrecito”, pidió “JUSTICIA” y se abrazó fuertemente con su hermano, Pablo Jeger. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Los hermanos Romero

Por Exequiel Arias
Las primeras voces que se alzaron frente al tribunal en la mañana del jueves 16 de febrero fueron las de los hermanos Carlos Héctor y Víctor Hugo Romero, a quienes el terrorismo de Estado les arrebató su hermano adolescente durante el Operativo Independencia.
Marzo del ‘76
Carlos Héctor Romero - Ph Elena Nicolay
Rolando Agustín Romero tenía 16 años, trabajaba con su padre en la construcción y, según sus hermanos, “no tenía actividad política alguna”. El secuestro de Rolando se produjo una madrugada de marzo de 1976, mientras Carlos Héctor se encontraba de guardia en el cuartel de policía, donde se desempeñaba como oficial. El benjamín de los hermanos, Víctor Hugo, recordó que la familia dormía cuando escuchó un fuerte golpe que lo despertó, al cual no le dio demasiada importancia. Somnoliento, intentó volver a dormir, pero una sensación fría en la parte posterior de su cuello lo alarmó. A los pocos segundos, se encontraba boca abajo y con la culata de una pistola en la nuca mientras sus captores, un grupo de hombres encapuchados, apresaban al resto de la familia en medio de gritos e insultos. “Éste es”, clamó una voz en la habitación contigua, determinando a su vez el fin de la rápida intromisión nocturna. “Se lo llevaron así como estaba”, contó Víctor Hugo, refiriéndose a que lo metieron en un vehículo en calzoncillos y con la cabeza tapada. El menor de los Romero aclaró a la Fiscalía que los captores no exhibieron ninguna orden de arresto o allanamiento durante el operativo. El testigo también recordó que en esa noche se produjeron otras detenciones en el barrio, entre ellas la de Marta Robles de López, y que uno de sus hermanos persiguió en bicicleta los vehículos de los intrusos hasta llegar a una jefatura, donde éstos habían sido estacionados.

Sobre las gestiones que se hicieron para encontrar a Rolando, ambos hermanos relataron que la madre, Manuela Mónica Sotelo, fue la encargada de hacer la mayoría de las averiguaciones. Ella lo buscó en hospitales, comisarías, preguntó a jueces e incluso presentó un habeas corpus. Todas estas acciones no tuvieron respuesta alguna. “Olvídense”, fue una de las contestaciones que recibieron de un jefe de la Brigada, cuyo nombre Víctor Hugo no logra recordar. Por su parte, Carlos Héctor averiguó entre sus colegas policías sobre el paradero de su hermano. En el año 75 y con sólo 19 años, Carlos Héctor había ingresado a trabajar en la Guardia de Infantería, participó junto a Luciano García en un arresto y conoció “de lejos” a  Roberto Heriberto “El Tuerto” Albornoz. Sin embargo, confesó que sus averiguaciones no fueron muchas por miedo a represalias. “Cuando uno pregunta mucho ya lo miran de otra manera”, dijo. Recordó, además, que en una oportunidad Mario Albino Zimmerman, el entonces jefe de policía de la provincia -que falleció en 2010 mientras era procesado en la megacausa “Arsenales II-Jefatura II”- lo mandó a llamar a su despacho para interrogarlo. “Me preguntó qué hacía, y me preguntó si sabía lo que hacía mi hermano”. A pesar de las distintas acciones que se iniciaron para encontrar a Rolando, Víctor Hugo comentó que nunca más dieron con su paradero y expresó la angustia que la situación dejó en la familia, sobre todo en sus padres. “Eso fue lo peor, ver a mi padre y madre llorar y esperar toda la noche por si aparecía mi hermano. Fue un horror”.

martes, 14 de febrero de 2017

“Yo te voy a decir donde está enterrado tu padre”

Por Fabiana Cruz 
Ph Elena Nicolay

El día 10 de febrero de 2017, Delina Ibáñez y sus hijas Gladys y Graciela Freijó, prestaron declaración por Videoconferencia desde la 1º Cámara Federal de Córdoba, sobre los hechos que perjudicaron a Héctor Manuel Freijó, en el marco del denominado Operativo Independencia en la provincia de Tucumán.
La familia Freijó, por el año 1976, estaba constituida por Héctor Freijó, su esposa Delina Ibáñez y los cuatro hijos de la pareja (todos menores de edad). Vivían en la localidad de Monteros.
El hombre que era periodista y director de su propio diario, llamado “Claridad”, se había embarcado en una investigación riesgosa acerca de un robo en una cooperativa que señalaba como culpables a Enrique Atay (tesorero de la cooperativa) y Miguel Ángel Moreno, en ese momento Jefe de la Comisaría de León Rougués, Monteros y actual imputado por delitos de lesa humanidad.
La familia poco sabía del tormento que estaba viviendo Héctor en aquella época. El hombre recibía intimidaciones a causa de su investigación, pero no se lo había contado a ninguno de sus parientes.
En una noche del enero veraniego de 1976, la familia como de costumbre, cerró la puerta de entrada a medias (debido al calor), la trabaron con una silla y se fueron a dormir. Entre las 3 y 4 am del 18 de enero, un conjunto de hombres pateó la puerta e ingresó con el objetivo de llevarse consigo a Héctor.
- ¡Freijó, Marengo quiere hablar con vos!- enunciaron los hombres.
Domingo Marengo era un teniente amigo de Héctor, “o por lo menos eso era lo que parecía, ¿no?” relató Gladys a los jueces.
- ¡No entren que estoy armado!- soltó Freijó.
- ¡Entregate o te matamos!- fue la respuesta.
Todo parecía una película. Estaba la vivienda en plena oscuridad, la familia entera despierta y completamente asustada por los ruidos que ocasionaron los sujetos. Delina pedía que por favor que no le hicieran nada su esposo “¡por los chicos, por los chicos!”, suplicaba. Cuando se lo llevaron detenido a Héctor, en calzoncillos, Delina intentó salir con ellos para ver hacia dónde se dirigían, pero uno de los sujetos le dio un culatazo y la obligó a ingresar nuevamente en la casa. En eso, la mujer pudo reconocer a Miguel Ángel Moreno, uno de los responsables del robo en la cooperativa, según la investigación de Freijó.
Todo lo sucedido fue presenciado por los hijos del matrimonio quienes tenían entre 16 y 2 años
Inmediatamente la familia realizó la denuncia, y al otro día apareció en el domicilio de los Freijó un militar de apellido Tolaba, que también era amigo de la víctima. El hombre le comentó a Delina que Héctor había recibido amenazas antes del secuestro, entonces la mujer decidió informarle acerca de la investigación que éste llevaba a cabo, para explicarle cuáles eran los posibles motivos del secuestro y las amenazas. El militar le pidió los libros que contenían todos los documentos de la investigación del periodista y se los llevó. Cuando se fue, Delina revisó el pantalón que su marido tenía la noche antes del secuestro y encontró dos papeles anónimos, la mujer dijo que se encontraban en el bolsillo trasero, doblados y envueltos en un pañuelo. Uno de los anónimos le decía a Freijó que debía dejar de hablar con los militares o le iban a tirar una bomba, en el otro le daban 15 días para que se fuera de Tucumán, de lo contrario lo secuestraban.
Delina se dio cuenta de que aquellos anónimos habían sido escritos en la Comisaría de Monteros, ya que la máquina de allí tenía un defecto de tipeo que caracterizaba sus textos, los cuales se evidenciaban en los anónimos.
Gladys Freijó, la segunda hija del matrimonio, relató desde la provincia de Córdoba que desde chica siempre admiró a su padre. “Mi papá era la proyección que me hubiera gustado seguir”…“Lo escuchaba hablar y decía ‘cómo me gustaría, el día que sea grande, poder desempeñarme como él, con esa soltura, esa sapiencia’. A mí me parecía que él hablaba tan bien… y hablaba raro. Tenía términos que yo no tenía idea qué eran. Entonces como yo quería ser como él, escuchaba sus conversaciones. Cuando él decía una palabra rara, yo la anotaba y después buscaba en el diccionario para memorizármela”.
Aquélla admiración por su padre y la costumbre de escuchar las conversaciones que compartía con cualquiera, le permitió prestar atención al diálogo que éste mantuvo con el militar Domingo Marengo dos días antes de su secuestro. Marengo recurría frecuentemente a la casa de Héctor porque eran ‘amigos’, recuerda Gladys.  Días antes su papá había recibido a una de sus clientas en casa, la mujer era madre de dos chicos de apellido Sosa que habían sido secuestrados. Esta señora le pedía ayuda a Freijó, ya que él tenía amigos militares. Luego, en la reunión que Freijó concertó con Marengo, le comentó sobre la visita de la mujer para saber qué había sucedido realmente con los Sosa. El militar le respondió que los muchachos habían ganado unas apuestas a sus vecinos en un juego de naipes; entonces éstos que perdieron, se enojaron tanto que llamaron a la policía denunciando que los jóvenes eran unos subversivos, y de esa manera fueron detenidos. Detrás de la puerta, Gladys escuchó cómo  Marengo le confesaba a su padre que a uno de los militares se le había ‘escapado’ un tiro. La mujer no recuerda bien la conversación, pero entendió que alguien había muerto. Luego de que el teniente terminara su relato, escuchó cómo su papá se enojaba y le decía “¡pero hermano… entonces ustedes son unos asesinos! Mataron a una criatura, ¡puede ser un hijo tuyo o un hijo mío!”. Con sus 14 años, Gladys se asustó y se fue rápido temiendo que su padre abriera la puerta y la descubriera, por lo que no pudo escuchar más. Dos días después, Héctor Freijó era secuestrado.
Tiempo después de los hechos desafortunados, Gladys se cruzó en Monteros a un comisario de apellido Almirón, que también conocía a su padre, y éste se detuvo a conversar con ella. Luego de un par de palabras amigables le dijo: “Yo te voy a decir donde está enterrado tu padre”. Ahora todo cambiaba, después de mucho tiempo de no tener noticias, alguien confirmaba la muerte del periodista. Pero Almirón, no iba a darle gratis esa información. La hija de Freijó debía entregarle una suma de dinero que en ese momento no disponía. Entonces éste le dio un mes para que pudiera juntar el efectivo pero, al cabo de tres semanas,  Almirón falleció.
La esposa de Freijó, Delina, comenzó a participar de las marchas y reuniones que hacían los familiares de desaparecidos en la capital tucumana. Recuerda que las personas de Monteros iban todos juntos y también volvían acompañados. En las marchas, la policía los echaba de la plaza e inclusive un día los mantuvieron detenidos. ¿Por qué? Les preguntaban a estos. “Porque ustedes están en averiguaciones”, les respondían los uniformados. 
Las testigos concordaron en que era de público conocimiento la participación de Miguel Ángel Moreno en lo que refiere a las desapariciones de Monteros, “Él y Enrique Atay eran entregadores de personas, así como secuestradores y cómplices de la represión en el pueblo
Años después, la hija de Freijó, Gladys, se encontraba conversando junto a Mario Olea, un sujeto que era novio de su amiga, y cuando tocaron el tema de su padre, éste le dijo que tenía que hacerle una confesión. Mario le contó que él había estado en la colimba, custodiando a un militar, o algo parecido, y que un día un hombre le sujetó el brazo y le dijo:
-¿Te acordás de mí?
- Cómo no me voy a acordar de la persona que por primera vez me enseñó a usar un guante.
La persona era Freijó. Además de su labor de periodista, sabía enseñar boxeo. En ese encuentro le había pedido a Olea que le avisara a su familia que él iba a salir, no sabía cuándo, pero iba a salir.

Han pasado 41 años y hasta el día de hoy, Héctor Manuel Freijó continúa desaparecido.

viernes, 10 de febrero de 2017

Para vos

Aquí vamos. Acercando cada uno los pedacitos en los que quedamos. A ver si entre todos podemos rearmar este espacio. Rearmarlo y rearmarnos. Siempre supimos que eras inmensa, te lo dijimos de miles de maneras. Y ahora nos tenemos que hacer cargo de la inmensidad que quedó en nuestras manos. No sabemos cómo seguir. Vamos empezando a caminar pasito a pasito. Como aprendiendo de nuevo, porque nos cuesta mucho caminar sin vos. Sabemos que tenemos que recuperar la alegría. Y defenderla. Pero sabemos también que no nos vamos a despedir de esta tristeza. Que tenemos que abrazarla y saberla nuestra. Tampoco sabemos cómo lo vamos a hacer, pero lo vamos a hacer.
Cómo no recordar tu sonrisa. Tu sonrisa y sobre todo tu risa. Esa risa desparpajada que podía llenar los rincones más oscuros. Que retumbaba en las paredes. Y que ahí se quedó, retumbando en todas las paredes que te escucharon. Cómo sacarse de la cabeza tu voz. La socarrona y divertida. La profunda y reflexiva. Los matices de tu voz fueron los más ricos y variados que escuchamos; porque nadie, como vos, le supo dar, con tanta precisión, el tiempo a las palabras para que sonasen como debían sonar. Tu palabra. Esa palabra que cuando salía de tu boca se metía por los oídos de quienes escuchaban e iban abriendo cabezas y terminaban, ineludiblemente, clavada en los corazones. Tus gestos. Porque cuando hablabas, toda vos hablaba. Tus manos, tus hombros. Cada músculo de tu cara. Tus ojos.
Aquí estamos tratando de rearmar este espacio al que le diste tanto. Tenemos que volver a entrar a esa sala donde te vimos abrazar la imagen de tu papá, orgullosa de él y de vos. Donde nos mostraste que se podía defender la alegría en medio del peor de los horrores. Donde te escuchamos hacer justicia. Porque nos quedó claro que no fuiste a pedirla. Porque nada fue más parecido a la justicia que escucharte a vos diciendo: “Inoportuno vuelve hoy, en mí, por justicia”. Y ese abrazo inabarcable con ‘la Silvia’, madre tuya, y un poco, madre de todos. La que tuvo la subversiva costumbre de reglarte “infinitamente más libros que muñecas”.

Te seguiremos llorando. Pero también nos reiremos de tus chistes negros. Nos vamos a reír cada vez que imaginemos qué hubieras dicho en estas o aquellas circunstancias. Nos seguiremos acordando de los abrazos largos y apretados. De los pedidos a gritos del ‘porrón al hielo’. De tu costumbre de decirnos por el nombre completo cuando te hacías la enojada (o te enojabas en serio). Estamos empezando a entender que la tristeza nos va acompañar siempre pero vamos a reaprender a reírnos a carcajadas cuando te pensamos. Vamos a rearmarnos y a rearmar los espacios por los que vos luchaste. Vamos a seguir adelante porque si hay algo que todos los que estamos en este lugar sabemos, es que ninguno fue el mismo después de conocerte.