miércoles, 22 de marzo de 2017

Relato 350

Por Hugo Hernán Díaz para El Diario del Juicio

Mario Ernesto Medina tiene 65 años, ingresa rápidamente a la sala principal del Tribunal Oral Federal de Tucumán y tras algunos inconvenientes con el micrófono comienza a declarar.
El C.P.N. recuerda haber iniciado el servicio militar obligatorio un 2 de febrero de 1976. El mismo tuvo lugar en el Comando de la V Brigada de Infantería y sus tareas eran generalmente las de limpiar pisos y baños. Junto a él iniciaron el servicio militar un grupo de 90 profesionales (contadores, biólogos, abogados, etc.) entre los que se encontraban Raúl Topa, Alberto Nova, Jorge Jiménez, Raúl Fiori, Oscar Castillo, entre otros. Estos conscriptos presentaban una particularidad, por las noches eran enviados a dormir a sus hogares.
Fue un 24 de marzo de 1976 cuando curiosamente les habían pedido que se queden despiertos. En esa madrugada se inició el golpe.  Aproximadamente a las 4:30 de la mañana el teniente coronel, Mario Albino Zimmerman, Jefe de la Policía, solicitó 4 abogados y 4 contadores. Los sacaron de sus viviendas y los condujeron en un colectivo militar al subsuelo de la Casa de Gobierno de la provincia. Allí los tuvieron hasta las 9:30, horario en el que serían trasladados a la sede de Fiscalía de Estado. En este lugar fueron recibidos por José Roberto Abba (uno de los imputados en el actual juicio). Pasada una hora de tenerlos parados sin mencionar palabra alguna e incluso sin levantar la mirada Abba soltó su lapicera azul y comenzó a insultarlos, en un franco intento de intimidación. “Vestía de uniforme de combate y botas oscuras. Tenía un particular manojo de llaves con una cruz esvástica”.
En Fiscalía, “el mudo”, como los conocían sus compañeros de militancia universitaria, se desempeñó como contador. En relación a este lugar agregó, “era como la época de Hitler, las relaciones eran totalmente verticales”, sumando a esto que vio personas estaqueadas en esa institución.
El 28 de mayo de ese año Medina fue secuestrado de la casa de sus padres. Habían rodeado la vivienda, se llevaron libros y a sus padres les dijeron que debían detenerlo para averiguar sus antecedentes. A continuación de su secuestro levantaron a un señor quien era sastre del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) y a una chica. Los tres fueron llevados a la facultad de Educación Física.
Luego de estar cinco días en la EUDEF (actual FACDEF), fue trasladado al centro de detención clandestina Arsenal Miguel de Azcuénaga. En este lugar era constantemente golpeado, lo acusaban de formar parte del ERP, sin embargo Medina solo tenía militancia universitaria. “Allí me quemaron la cara y los genitales”. Fueron 101 días en total los que estuvo secuestrado. Además de las torturas constantes, Medina contó que permaneció inmerso en un profundo dolor que debilitó su voz que durante ese lapso de tiempo se bañó dos veces y fue rapado porque tenía piojos.
Aquel joven conscripto recuperó la libertad el quinto día del mes de septiembre. No obstante dos días posteriores a su liberación se le comunicó que debía volver al servicio militar. En esta oportunidad se le asignaría la tarea de cuidar a 38 presos comunes que provenían de la cárcel de Villa Urquiza.

Una vez que fue dado de baja comentó Medina que lo seguían a todas partes e incluso le intervinieron el teléfono hasta el gobierno de Alfonsín.

sábado, 18 de marzo de 2017

Inspecciones oculares – Policía Federal y Hospital Militar.

Por Fabiana Cruz y Hugo Hernán Díaz para El Diario del Juicio.

A media mañana y bajo una llovizna intensa el tribunal a cargo del Juez Gabriel Casas se constituyó en primera instancia en calles Santa Fe y Maipú (sede de la Policía Federal). Allí aguardaba Lilian Reynaga, quien estuvo prisionera en aquella institución entre el 22 y el 26 de julio de 1975, trasladada posteriormente al “Buen Pastor”.
La mujer ya había exigido en oportunidades anteriores que se tome en cuenta la labor de la PF, funcional al Operativo Independencia. “¿Por qué la Policía Federal quedaba tan tapada? Acá torturaron muchísima gente, y entro esos muchos estuve yo”.
Ya dentro del lugar Lilian recorrió y reconoció los espacios (celdas, habitaciones, escaleras, oficinas) donde fue torturada y a pesar de lo fuerte del momento lo consideró necesario; una reivindicación que tenía que darse. Si bien el edificio sufrió muchos cambios en la infraestructura aún queda el olor de la injusticia, el dolor y la sangre derramada injustamente por los compañeros. 
Finalmente en diálogo con la prensa la manifestó: “Esto es parte de seguir buscando la verdad”.
Ph Elena Nicolay


Unas desvencijadas construcciones en las calle Italia y Viamonte, distan mucho de lo que fueron en el pasado: el Hospital Militar de Tucumán. Aquellas estropeadas paredes, los herbajes crecidos sin reparo y la lluvia que no cesaba, creaban un clima de frialdad en un contexto donde tres testigos explicaban la funcionalidad de esas estructuras en el año 75 durante el Operativo Independencia. Se trata de Rubén Juárez, Roberto Mario Sosa y Guillermo D’Hiriart. En ese tiempo Rubén había cumplido la conscripción y debía prestar servicios en el Hospital Militar, siendo encargado de manejar la ambulancia que trasladaba heridos y muertos. Recuerda bien el hospital y cómo estaban dispuestas las diferentes áreas; habían oficinas administrativas, un espacio físico donde depositaban los heridos en camillas, una morgue que también funcionaba como laboratorio, y también una pista donde estacionaban helicópteros que traían como carga personas muy heridas y otras ya fallecidas. El hombre señaló cada uno de los lugares y llevó a la comitiva de jueces, abogados y periodistas a cada punto para que todos pudieran observar aquéllos sitios siniestros. Rubén contó también que existía una "piletita" donde se lavaban los cuerpos que llegaban, la cual ya no se encuentra como muchas otras instalaciones. Además, explicó que la atención médica era tanto para los heridos por el operativo como para los familiares de militares.
Roberto Mario Sosa es un testigo sobreviviente, fue detenido ilegalmente en el año 75, recibió torturas y debido a una herida de bala estuvo internado en el hospital militar. El hombre declaró por la misma causa en octubre de 2016. Sosa relató ante todos que luego de ser hostigado cruelmente en la Jefatura de la Policía, fue trasladado al hospital militar, en donde le ataron los pies a una camilla, además destacó que la enfermera que lo cuidaba “tenía muchísimo miedo” cuando aparecían los militares. Aquélla mujer le había preparado un café, y luego de tantos padecimientos, para él había sido “el café más rico del mundo”.
Ph Elena Nicolay
Por otra parte, Guillermo D’Hiriart quien también ya declaró en la megacausa por la desaparición de su hermano José D’Hiriart, habló a los jueces y abogados acerca de las cuestiones que tuvo que sobrellevar su padre en la búsqueda del cuerpo de José. La familia nunca descansó y recolectó información con los nombres y apellidos de todo el personal que trabajó en el hospital, donde quedó registrado el paso de José por la institución así como su fallecimiento. Sin embargo nunca pudieron recuperar el cadáver, por lo que continúa desaparecido.


Cada uno de los testigos que hizo el recorrido por el hospital militar estuvo acompañado por algún familiar, que al finalizar la jornada dio el abrazo reconfortador. Los escombros y el cielo gris, acompañaron una frase que se escuchó en uno de los pasillos: “cuánto dolor hay aquí”.

jueves, 16 de marzo de 2017

Reconstruyeron el circuito del horror

Por Sofia Romera Zanoli para El Diario del Juicio

Testigos sobrevivientes,  jueces, abogados y psicólogos recorrieron los  distintos centros clandestinos de detención y bases militares del sur tucumano que formaron parte del circuito represivo, de las fuerzas armadas, que funcionó en Tucumán  durante febrero del 75 hasta el golpe de Estado del 24 de marzo del 76.
Caspinchango, la Comisaría y la Escuela Lavalle de Famaillá, Ingenio La Forterita y  el de Santa Lucía, fuero los lugares visitados como parte del proceso judicial denominado Operativo Independencia en el que se juzga a 19 ex miembros de las fuerzas armadas por la comisión de  crímenes de lesa humanidad.

 “Es importante que el tribunal se constituya en el territorio donde ocurrieron la mayoría de los hechos que se investigan en este debate, que muestra a la ciudad de Famaillá como centro de operaciones de las fuerzas armadas durante el Operativo Independencia”, explicó la Fiscal Ad Oh Julia Vitar

“Pudimos darnos cuenta a partir de los relatos de los testigos, la proximidad que existía entre las bases militares instaladas en los ingenios y los centros de detención clandestina y tortura (que funcionaban tanto en los ingenios como en la escuela y la comisaría), y como se fueron desarrollando en conexión con la ruta y los cerros, para que el ejército pueda imponer el control absoluto sobre las poblaciones que se encontraban en el pedemonte del cerro tucumano”, sostuvo Vitar.
La Fiscal señaló que la  “particularidad del juicio es que los casos que se abordan son de represión rural, donde el alojamiento más permanente fue en "La Escuelita de Famaillá” y puntualizó que  “las bases eran el primer filtro de actividad de inteligencia: una persona que vivía en Caspinchango, era secuestrada y llevada a la base. De acuerdo con la información que se obtenía bajo tortura, se decidía si seguía siendo estudiada y pasaba a la Escuelita o si era liberada”.

Después de 41 años 
Ph Elena Nicolay


Enrique Antonio Amaya, volvió a recorrer el circuito donde estuvo detenido después de 41 años,  es uno de los sobrevivientes que pasó por todos estos lugares cuando fue secuestrado en distintas ocasiones durante 1975, con tan solo 20 años. “Había militares por todas partes. Nos llevaban de un lado a otro, nunca nos dejaban en un solo lugar y cuando nuestros padres iban a preguntar por nosotros decían que no sabían nada”, relató

Amaya pudo reconocer cada uno de los lugares donde permaneció en cautiverio y donde fue víctima de torturas, entre ellos la Comisaría de Famaillá, donde fue alojado en el mes de marzo y  pudo ver y escuchar a muchas otras personas que estaban detenidas con él.


Caspinchango

Ph Elena Nicolay
José Antonio Infante, otro de los testigos se encontraba en  el servicio militar obligatorio cuando fue destinado a la zona de operaciones del Operativo Independencia en 1975.
Infante pudo recordar que le ordenaron la custodia de Horacio Armando Milstein, baleado por miembros del ejército argentino en una emboscada producida en las inmediaciones de esa localidad, cerca de la ‘chimenea mota’, perteneciente a un viejo ingenio. Milstein  es víctima de esta causa y continúa desaparecido.
Ph Elena Nicolay
Por su parte,  José Mustafa otro de los testigo, contó a los jueces que en esos momentos era “difícil llevar adelante las tareas diarias porque había muchos enfrentamientos”.
Ambos señalaron un camino que  los llevaba hacia el chalet del ingenio donde estaba la base militar, galpones donde dormían los soldados, casitas de madera para los trabajadores y una escuela que funcionaba como lugar de tortura. Todo fue destruido.





Escuela Lavalle 

Ph Elena Nicolay
A principios de 1976, José Díaz  y Raúl Barboza estuvieron detenidos juntos en una de las  aulas. Barboza recordó que mientras lo interrogaban pudo ver a Díaz sentado a su lado con los ojos vendados. Ambos fueron torturados en esta escuela.
Barboza pudo ver que una persona estaba tirada en el piso del baño








Ingenio  La Froterita

Los testigos Ricardo Reinaldo Mercado y Amaya señalaron que en los terrenos del ingenio funcionaba una base militar, tomaron como punto de referencia una laguna que aún se encuentra allí, para marcar el lugar donde se ubicaban las carpas de los soldados. También reconocieron ‘los conventillos’ (casas que utilizaban los trabajadores que llegaban al ingenio por temporadas) como el sitio donde fueron torturados.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Entre pequeños sirvientes y helicópteros fantasmas.

Por Fabiana Cruz y Hugo Hernán Díaz para El Diario del Juicio
Ph Elena Nicolay
En una escuelita que todavía no había sido inaugurada, un muchachito de apenas unos 14 años aguardaba que un grupo de militares le recibieran la comida que su madre les había preparado. Mientras tanto, escuchaba gritos desgarradores que provenían del jardín de infantes. El jovencito sabía que allí tenían lugar torturas y hostigamientos; sabía también, que cuatro aulas del lugar eran destinadas a ser "salas de detención". Los había visto. Había contemplado a las personas que padecían en esas aulas, estaban todos igualmente sucios y deteriorados, atados de manos y pies. Cuando la espera terminaba y los militares finalmente se le acercaban, era incapaz de mirarlos a los ojos.
“Un tal Raúl era el más malo”. Incluso algunos miembros del ejército bromeaban con que el tamaño de las manos de este hombre no se correspondía con el daño que producían. Después de que le recibían la comida, el muchacho volvía a su casa con su madre y sus cuatro hermanos.
Desde que en 1975 fue ordenado el “Operativo Independencia” por María Estela Martínez de Perón, los hombres de verde se establecieron en diferentes instituciones de la provincia de Tucumán, entre ellas, la Escuela Diego de Rojas, conocida como “La Escuelita de Famaillá”. La historia de una familia que era obligada a “servir a la Patria” a través de la provisión de alimentos a los militares, sin retribución alguna, evidencia uno más de los mecanismos de terror implantados en la época.
Los hermanos habían prometido a su madre que nunca hablarían del tema con nadie ya que la mujer temía por la seguridad de sus hijos, pues estos habían sido testigos del horror en Famaillá, de los asesinatos, las torturas, los secuestros y la impunidad. A pesar de los 41 años transcurridos, los hermanos no han hablado del tema ni entre ellos mismos. No obstante, quebrando este juramento, han narrado sus historias por separado en el marco del juicio por crímenes de lesa humanidad.
Por el 75, la familia sólo tenía que atravesar una calle para llegar a la Escuelita de Famaillá, pues vivían al frente. Aquél espacio fue ocupado primero por la Policía Federal y luego por el Ejército Argentino. Estos grupos, apenas se hallaron establecidos en la escuelita, obligaron a la mujer viuda y madre de 5 hijos, que sobrevivía gracias a una despensa, a prepararles la comida todos los días a los grupos militares que comandaban allí. Los de mayor rango comían en el hogar de la familia, mientras que los de jerarquías más bajas lo hacían en la escuelita. Uno de los hijos, era obligado a ingresar al establecimiento y entregarles el almuerzo y la cena a los hombres que allí se desempeñaban. Las reglas eran claras: llevar los alimentos, esperar y no mirar. Tenía 14 años y era el único autorizado para entrar en aquél Centro Clandestino de Detención, ni siquiera sus hermanos podían acompañarlo. Como si eso fuera poco, en varias ocasiones, el joven fue obligado a presenciar las torturas allí ejecutadas. A pesar de que hoy persiste el dolor, y que la resistencia del cuerpo para recordar aquellos hechos traumáticos todavía es fuerte. El mismo sujeto que actualmente es un hombre mayor, relató en su domicilio que hace unas semanas mediante un sueño recordó una de las torturas más horrendas que fue obligado a presenciar. En un día de mucho frío, le dijeron que observara bien, mientras sumergían a una persona en un tacho lleno de agua e hielo, y cuando la persona salía a la superficie casi ahogada, con el impulso desesperado de tomar una bocanada de aire, lo picaneaban. A su corta edad, vio también cómo golpeaban salvajemente una mujer a la que le decían “la guerrillera”. Además eran constantes los chirlos, gritos y trompadas en la escuelita.
Pero el recuerdo más aterrador, fue en una noche de su rutina cuando entregaba la cena. Se escuchó el sonido de un helicóptero y todos los militares salieron rápidamente, obligándolo al joven a permanecer quieto. Allí fue testigo de cómo estos hombres trasportaban carretillas con grandes bolsas blancas, y cómo las mismas eran subidas de inmediato al helicóptero. Esos costales contenían cuerpos, estaba seguro, había grandes bultos inmóviles allí dentro.
Por otra parte, en el pueblo se encontraba en boca de todos, el relato del “helicóptero fantasma”. El mismo se había convertido en una especie de leyenda. Toda la comunidad escuchaba sonidos de helicópteros pero nunca nadie podía divisarlos. Generalmente se atribuía estos ruidos a los miembros del ERP (ejército revolucionario del pueblo), estaba la idea de que sobrevolaban la zona, sin embargo nadie veía realmente nada. En una ocasión en que los militares estaban en la casa de la familia, comenzaron a escucharse los ruidos una vez más, y éstos obligaron a todos a permanecer debajo de las camas o mesas, mientras ellos salían corriendo en zigzag y disparando al aire. Con la inocencia y la curiosidad propias de unos niños, estos desobedecieron la orden y subieron rápidamente a la terraza. Sin embargo no había nada, ningún helicóptero, sólo ruidos.

Por último, antes de concluir su testimonio los testigos pidieron al Juez Casas que esta sea la última ocasión en que se les exija prestar declaración debido a que es mucha la exposición a la que se debió someter la familia, además de las claras heridas que les causa recordar estos años de esclavitud y terror. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

“Terrorista muerto por patrulla militar”

Por Fabiana Cruz y Hugo Hernán Díaz para El Diario del Juicio

Con ese título fatal el diario tucumano “La Gaceta”, daba a conocer en su primera página la muerte de José Desiderio Medina Gramajo, y otro vecino de la ciudad de Monteagudo, un 27 de abril de 1975, en la provincia de Tucumán. La noticia, traía consigo la fotografía del cadáver del hombre tumbado en el suelo, donde se señalaba lo siguiente: “Cadáver del guerrillero José D. Medina Gramajo muerto durante un enfrentamiento con una patrulla militar en la zona de operaciones del Ejército”. Además en el cuerpo de la información, se explicaba lo siguiente: “En circunstancias que efectivos del Ejército se encontraban cumpliendo una misión de patrullaje durante la noche del 25 al 26 de abril en la zona serrana, sorprendieron a un individuo en actitud sospechosa, que sin mediar orden de arresto ni intimación abrió fuego sorpresivamente con un revólver que extrajo de sus ropas, los efectivos militares respondieron al fuego dando muerte al sujeto mencionado que resultó ser José Desiderio Medina Gramajo”.
41 años después los familiares de José D. Medina Gramajo van poco a poco desarmando el relato cómplice construido por el diario La Gaceta, medio funcional al gobierno antidemocrático de los años 1970. Los testigos que se acercaron al TOF en esta ocasión fueron: Felipe Medina Gramajo (hermano de la víctima) y Sandro Medina Gramajo (hijo de la víctima).
“Pituca”, como lo reconocían sus amigos, tenía 31 años de edad para 1975, vivía en El Rodeo junto a su esposa y tres hijos, siendo el más grande no mayor a cinco años. Trabajaba como jornalero, sus tareas más frecuentes eran el desmonte y el cuidado de animales. El día 26 de abril se encontraba descansando en su domicilio, cuando un grupo de sujetos ingresó blandiendo sus armas de fuego y se lo llevaron detenido, mientras que a sus familiares los dejaron encerrados en la vivienda. Al cabo de unos minutos después del secuestro, se escucharon numerosos disparos. Pasaron las horas y los familiares se animaron a salir de la casa, a unos doscientos metros encontraron un charco de sangre donde seguramente habría sido fusilada la víctima.
Al día siguiente, se hizo pública la muerte de José en La Gaceta, con referencias totalmente diferentes a las que narraron los testigos.
Felipe Medina Gramajo reveló a los jueces que no sabe leer, fue por ese motivo que cuando aquél 27 de abril del 75 le mostraron el informe del diario, sólo pudo reconocer en la imagen el cuerpo de su hermano muerto. Su madre, por otra parte realizó todas las gestiones para dar con los restos y saber también qué había pasado con su hijo, pero jamás alcanzó resultados positivos.
Cuenta además Felipe que el día del secuestro, José tenía una camisa de jean y un pantalón azul, pero que en la fotografía estaba con una indumentaria totalmente distinta. Lo habían cambiado.
Sandro Medina Gramajo manifestó que para poder criar a sus hermanas y a él, su madre comenzó a trabajar en el campo, haciendo queso, por lo que ellos quedaban al cuidado de su abuela paterna. También relato que actualmente persiste un pequeño monumento a su padre en el lugar donde fue encontrado.
Ph Elena Nicolay
“Esto le hace mucho mal a mi vida. Me crié solo con mi madre, quiero que se haga justicia”.

martes, 7 de marzo de 2017

El maestro de pueblo

Por Exequiel Arias para El Diario del Juicio

Archivo H.I.J.O.S. Tucumán
Lorenzo Nolasco Medina relató al Tribunal que en el año 1975 vivía en Buena Vista (Simoca) junto a su padre, madre y ocho hermanos. Pedro Antonio Medina era el mayor, trabajaba como maestro y se había casado con Ana María Mrad unos días antes de su secuestro. “La última vez que lo vi fue el 30 de enero” dijo el testigo. Según la declaración, Pedro se encontraba en Simoca, sobre la ruta 157, y se dirigía a la ciudad de San Miguel para visitar a su suegro. Vecinos del lugar le comentaron a la familia que vieron por última vez a Pedro cuando subió a una camioneta rastrojera, frente al cementerio de la zona.
Lorenzo contó que no recordaba si su hermano tenía actividad política. Sin embargo, según consta en un expediente de la causa “Operativo Independencia” (401015/2004), Pedro Antonio militaba en Montoneros. De acuerdo al mencionado expediente, el 9 de febrero de 1975 dos vehículos particulares interceptaron a la rastrojera blanca en la que Pedro se trasladaba junto a Guillermo Eduardo Díaz Nieto y José Teodoro Loto, también integrantes de la organización. De los vehículos bajaron varios policías de la provincia y forzaron a los tres hombres a subir a uno de los coches. Posteriormente, se cree que fueron trasladados a la Delegación Tucumán de la Policía Federal, donde habrían sido torturados hasta morir.
El testigo contó al Tribunal que, en torno a la fecha del secuestro, la familia temía realizar denuncias por el clima político y social que se vivía en la provincia. En lo jurídico, presentaron un hábeas corpus en el año 1981. Sin embargo, jamás tuvieron noticias de Pedro o de su compañera, Ana María, quien también fue secuestrada meses después en el ‘75.


El circuito del terror
Desde Comodoro Py, Rubén Clementino Ferreyra contó al público todo lo que recordaba sobre su secuestro. En el año 1975, vivía en el Ex Ingenio San José. Trabajaba para una empresa que construía los instrumentos y la maquinaria para la industria azucarera y no participaba en actividades sindicales ni tenía participación política. El testigo relató que el 3 de mayo de ese año se encontraba junto a su esposa y su suegra -Argentina Irene Pérez y María Murúa, respectivamente- en la casa de esta última en Yerba Buena. Por la madrugada, irrumpieron en el domicilio hombres vestidos de civil, que no portaban armas pero que aseguraban ser de la policía. “Ingresaron rompiendo la puerta a golpes”, recordó el testigo, “no mostraron ninguna orden, destrozaron cosas, nos trataron mal”. Rubén Clementino narró que le pusieron la funda de una almohada en la cabeza y lo subieron a un vehículo. No sabe con certeza, pero cree haber sido el primero al que secuestraron, ya que luego recorrieron otros lugares para “cargar” a más personas en el automóvil.
Tal como ocurrió a muchas víctimas del terrorismo de Estado durante el Operativo Independencia, Rubén Clementino fue trasladado a distintos lugares a lo largo del circuito represivo. En primera instancia, fue llevado al CCD ubicado en la Escuela Diego de Rojas, conocido como “La Escuelita de Famaillá”. Allí, relató, lo tuvieron durmiendo en el piso en condiciones higiénicas lamentables y fue víctima de malos tratos por sus captores todo el tiempo. El testigo contó al Tribunal que fue sometido a los temidos interrogatorios, donde sufrió sesiones de tortura y picana eléctrica en la boca y en los testículos, además de recibir fuertes golpizas en el cuerpo y en el cráneo. En una oportunidad, recordó, le asestaron un golpe tan fuerte en la cara que le quebraron el tabique de la nariz. También relató que escuchaba los gritos de dolor de otros detenidos en aquel lugar.
Desde la Escuelita, Rubén Clementino fue llevado al CCD Jefatura de Policía, donde le sacaron la funda que le cubría la cabeza y pudo reconocer a Roberto Heriberto Albornoz. El genocida, que era conocido en San José, recibió a Ferreyra y firmó un informe donde se asentaba que el testigo fue “conducido por las fuerzas ‘TAREA’ y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”. Un tiempo después, el 23 de mayo de 1975, es trasladado a la unidad penitenciaria de Villa Urquiza, donde se registró su ingreso “a disposición de PEN” por “Enc. Elementos del ERP”, según se lee en la “Nómina de Personal Subversivo puesto a disposición del PEN”, documento de la época. De allí fue llevado a Resistencia (Chaco), donde también fue víctima de golpizas y torturas. Finalmente, fue trasladado a la Unidad Penitenciaria de La Plata, lugar en el que se entrevistó con el Juez Mario Martínez y donde le fue concedida la libertad el 3 de octubre de 1979.
En total, Rubén Clementino estuvo detenido ilegalmente por 4 años y 5 meses.



Ph Elena Nicolay

viernes, 3 de marzo de 2017

Una militante

Por Inés Lugones para El Diario del Juicio 

“Estaría traicionando la memoria de mi hermana si no dijera que era una persona  política y profundamente comprometida con su tiempo, la política era su vida…”, éstas fueron las palabras de Mercedes González el 23 de febrero pasado en el juicio del Operativo Independencia que se realiza en Tucumán. Mercedes prestó testimonio por el caso que investiga los hechos de los que fuera víctima su hermana Olga Cristina González, militante del PRT. Dio un relato pormenorizado de su secuestro y desaparición y de las múltiples gestiones realizadas por la familia para saber el destino de Olga Cristina. Mercedes rindió tributo a su hermana como ella hubiera deseado lo hagan, dando cuenta de su pertenencia política y su compromiso  militante  por la cual la asesinaron.
HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!

MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA

jueves, 2 de marzo de 2017

El terror en el que andamos

Por Exequiel Arias para El Diario del Juicio
- “¿Jura usted por sus creencias decir verdad de lo que supiere y le fuera preguntado?”
- “Juro por la memoria de mi hermana. No tengo una creencia particular.”
Ph Elena Nicolay

Con esa respuesta, Mercedes Beatriz González dio inicio a su declaración en la que le relató al Juez Casas y el resto del tribunal, todo lo que sabía sobre la desaparición de su hermana, Olga Cristina González. La testigo contó que, hacia el año 1975, vivía en Tafí Viejo junto a su madre, su padre y dos hermanos, Germán (h) y María del Carmen. Por su parte, Olga Cristina se había mudado en el año ‘73 a San Miguel de Tucumán y vivía en un departamento que compartía con Maurice Jeger. Estudiaba la carrera de psicología y trabajaba en la librería de compañero. Su hermana la describió como una persona "muy humana y de profundas convicciones políticas". De hecho, relató que la pareja militaba en el PRT desde hacía varios años. La relación de Olga y Maurice, según el relato de la testigo, significó un conflicto en el entorno familiar, ya que el padre de Olga Cristina no aprobaba ni la pareja ni el hecho de que vivieran juntos. "Fue un quiebre en la familia", expresó Mercedes. Sin embargo, narró que en diciembre del ‘74, unos meses antes del secuestro, Olga y su padre finalmente se reconciliaron.
El secuestro de Olga y Maurice se produjo en la madrugada del 8 de julio de 1975. Dos días antes, Olga había recibido la visita de sus hermanas y su mamá en aquel departamento de General Paz 1013. Mercedes recordó que ese día hizo mucho frío, y que Olga sugirió que fueran al Parque 9 de Julio para tomar un poco de sol, antes que anochezca. "Hoy entro en el cuarto mes", había dicho Olga mientras se tocaba la panza; su embarazo recién se asomaba y era poco notorio.
Durante la mañana del día en el que se produjera el secuestro de la pareja, llegó a la casa de Tafí Viejo la empleada doméstica de Olga. Esta señora -llamada Carmen, cuyo apellido la testigo no logra recordar- había ido al departamento a trabajar como de costumbre, pero al llegar se encontró con la puerta abierta y el interior desordenado. De inmediato, su padre se trasladó al departamento para corroborar lo que Carmen había relatado. Una vez allí, se encontró con la casa dada vuelta y con claros signos de haberse dado una situación violenta. El padre observó también que se había registrado el estudio de Maurice, donde había varios libros, discos y escritos desparramados por todo el recinto.
Mercedes contó al Tribunal que fue su padre, Germán González, quien se encargó de la búsqueda de Olga Cristina. Conversó con vecinos, un joven matrimonio chileno, quienes le contaron que aquella noche, alrededor de las tres de la mañana, escucharon fuertes golpes en el departamento y que, acto seguido, se cortó la luz. "Maurice, los documentos y las llaves" habría exclamado la voz de Cristina. La mencionada pareja también le contó que vieron a través de la ventana dos vehículos estacionados en la vereda, uno militar y uno particular. Germán, a quien Mercedes describe como una persona instruida y militante, investigó y consultó con amigos cercanos sobre cómo proceder ante esa situación. Así fue que tramitó la presentación de un hábeas corpus ante el cónsul francés y realizó la denuncia formal en una comisaría, ambas acciones que no obtuvieron resultado. Además, se contactó con amigos de Maurice y averiguó en el periódico La Gaceta –donde este último trabajaba como corrector de pruebas-  si tenían algún tipo de información sobre el paradero de la pareja. Allí es donde conoció al fotógrafo Edmundo Font, quien le comentó que había visto a Olga Cristina en la “Escuelita”, mientras cubría el acto por el Día de la Independencia en la ciudad de Famaillá, el 9 de Julio. Este dato alentó a Germán, quien renovó las esperanzas de encontrar con vida a su hija. Sin embargo, al poco tiempo, un vecino de Tafí Viejo -Hugo Díaz, detenido y desaparecido tras la segunda detención- le aseguró que Cristina estuvo en la Escuelita sólo por una semana.
A pesar de todas las dudas que le generó la última información recibida ("¿Qué significa esto? ¿La llevaron a otro lado? ¿La mataron?"), su padre continuó la búsqueda. Incluso, en el año 1976 y luego de muchas gestiones, llegó a entrevistarse con Antonio Domingo Bussi. "Si usted busca al francés y a su esposa, mejor vaya a su casa y cuide de los hijos que le quedan" le había dicho el genocida, quien por ese entonces había sido nombrado gobernador de la provincia. Mercedes recuerda que esa fue la primera vez que vio a su padre llorar, y que ese acontecimiento fue decisivo para la familia, ya que entendieron que jamás volverían a ver a Olga Cristina.
"Mi papá decidió silenciarse"
Emocionada, Mercedes relató al tribunal que, luego de la infructuosa búsqueda de su hermana, el entorno familiar terminó derrotado. "La familia implosionó. Mi madre quedó disfónica, y aseguraba que masticaba la comida pero que no la podía tragar. No hablaba. La llevaron a Buenos Aires y allí realizó un tratamiento psiquiátrico y psicológico", contó. Con respecto a su padre, dijo que al poco tiempo de su entrevista con Bussi, el hombre se hundió en el silencio. "No quería hablar, empezó a quedarse callado mucho tiempo", dijo y agregó "mi papá era una persona que hablaba todo el tiempo, se nota que había llegado a un límite". Mercedes aseveró que la salud mental y física de su padre se deterioró al cerciorarse de que no volvería a ver con vida a Olga Cristina. Además, enfatizó que lo que más atormentaba al padre era el hecho de no saber qué sucedió con los restos. "Se imaginó todas las muertes posibles de su hija", concluyó Mercedes.
La testigo agregó que realizaron muchas gestiones para encontrar al niño o niña que Olga Cristina pudiera haber dado a luz, también sin resultados. Finalizó su declaración con la lectura de un poema de Juan Gelman, poeta argentino que fue perseguido por sus ideas durante la dictadura. El poema, que figuraba en una pizarra del departamento de Olga y Maurice al momento del secuestro, se llama "El juego en el que andamos", y reza:
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,

que me juego la muerte.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El negacionismo y sus variantes

Por Tina Gardella para El Diario del Juicio
Como las olas. Van y vienen. Como las olas. Así son los intentos por negar y ocultar  los crímenes cometidos por el terrorismo de estado. No se trata de los imputados que están siendo juzgados en los juicios de lesa humanidad, muchos de los cuales desarrollan cuidadosos y puntillosos descargos sin nada nuevo por agregar a las causas. Sino del poder político representado por quienes ejercen funciones gubernamentales,  como así  también por actores socio-culturales-políticos  que manifiestan, en el mejor de los casos, desconocimiento cabal del proceso de construcción de memoria, verdad y justicia y desconocimiento de la gravedad ideológica de la actual coyuntura neo liberal en nuestro país.
El “negacionismo” como se conoce a la tendencia a negar los crímenes cometidos por el terrorismo de estado y que surgiera en virtud de negar los crímenes del nazismo contra los judíos, adquiere formas diversas que van desde negar el número de los 30 mil desaparecidos hasta la famosa teoría de los dos demonios que estafa a la memoria histórica al no decir nunca que detrás del asalto al gobierno hubo un plan económico a instalar de transferencia de recursos de los sectores asalariados y de los más empobrecidos hacia los más poderosos.
Pero esto, que no es nuevo, tiene en esta etapa de gobierno neo liberal, otras formas y adquiere nuevas dimensiones cuando lo político se expresa de manera mezquina en su lectura de relación de fuerzas y necesaria acumulación de poder.
Menoscabar a los diferentes organismos de derechos humanos, relacionarlos con coyunturas jurídico/políticas y hasta interpretarlos por ausencias y/o presencias en recintos judiciales de hechos que fueron de notoriedad pública, es una forma otra de negar que el motivo verdadero del terrorismo de estado fue instalar un plan sistemático de exterminio de los opositores con el objetivo de re formular la economía y la política y por lo tanto violentar todo proceso de construcción de soberanía política, económica, social y cultural.
El juicio del Operativo Independencia que se sustancia en Tucumán en estos días, pero además todos y cada uno de los 12 juicios que contaron con la presencia diaria y sistemática de familiares y militantes de organismos de derechos humanos, pero también de estudiantes y periodistas, pueden dar cuenta de las dificultades de poder trabajar con la comunidad tucumana en general, las formas del “negacionismo” en la provincia y de los esfuerzos de quienes asisten a las víctimas y sus familiares, colaboran con la recolección de pruebas, ayudan a debatir y reflexionar y llevan información de lo sucedido en las audiencias, para construir colectivamente el rompecabezas de una sociedad atravesada  por el terror.
Es cierto que el camino transitado a nivel nacional e internacional torna improbable que prosperen planteos negacionistas. Pero minan y desgastan las fuerzas populares. Por eso y para ello se las instala desde quienes detentan el poder y no están dispuestos a que se llegue a los civiles con los juicios de lesa humanidad.
Lo que se torna difícil de explicar es que fuerzas políticas que ideológicamente comprenden  los objetivos del negacionismo,  se sumen con sus estrategias esencialistas de identidad política a la crítica casual, al golpe bajo, a las exigencias panfletarias como si el campo popular fuera lo mismo en un gobierno u otro.

Se acerca un 24 de marzo emblemático, y estaría bueno que ese campo popular esté configurado por olas que van y que vienen de acumulación de poder, no de intentos vanos de impunidad o mezquindades políticas que terminan justificando esa impunidad.